lunes, 23 de marzo de 2015
CAPITULO 70
Paula se sentó nerviosamente en la pequeña cafetería.
Estaba tratando realmente con fuerza de no agitarse con nada, pero sus nervios estaban al borde. Estaba esperando para reunirse con Horacio Alfonso para una entrevista.
Ella había visto el anuncio “Se ofrece trabajo” en el periódico hace una semana y llamó de inmediato. Debió haber habido una gran cantidad de aplicaciones, ya que ella se había paseado con el teléfono, rezando para que la llamaran y ya había renunciado cuando finalmente lo hicieron.
Él le pidió que se reunieran en el pequeño café del pueblito no muy lejano a Seattle. Ella prefería la vida en el campo mucho más que en una gran ciudad, en la que podría perderse dentro. Ella estaba reducida a un par de dólares y debía irse del motel en el que estaba en dos días más. No
podía arruinar la entrevista de trabajo.
Era para un empleo de ama de llaves y cocinera.
Alojamiento y comida estaban incluidos. Si ella conseguía el puesto, tal vez finalmente podría darle a su hijo un poco de estabilidad. Ella se encogió al pensar en el último año y todo lo que su hijo había sufrido.
Su marido había muerto en un horrible accidente automovilístico. Ya había estado pensando en dejarlo, ya que él no podía permanecer fiel a ella, pero el accidente realmente la había sacudido. Los padres de él tenían
demasiado dinero y habían decidido que serían más adecuados para criar a su hijo que ella.
Se había imaginado que sólo estaban llorando la pérdida de su único hijo y luego se retirarían, hasta que le habían llegado los papeles de custodia. Cuando ella había leído el nombre del juez en los papeles, había decidido que era hora de irse por unas largas vacaciones.
Sus ex-suegros eran compañeros de golf del juez y sabía que si entraba en la sala del tribunal iba a salir sin su hijo.
Ella había tomado todos sus ahorros y estaba prófuga desde entonces. Simplemente no tenía la cantidad de dinero que se necesitaba para combatir a los abuelos de su hijo.
Su difunto marido no le había dejado nada, lo cual estaba bien para ella, ya que no quería nada de él. Había dependido completamente de sus padres, y le quitaron todo cuando él murió, hasta su coche. Había tenido que comprar un coche barato y que estaba en las últimas.
Ella sabía que su hijo hubiera sido proporcionado de cosas que ella jamás podría darle, pero que no significaba nada si no le daban amor. Ella había terminado en la pequeña ciudad de Fall City en Washington, cuando su coche se había negado finalmente a ir más lejos y había estado
alojándose en el pequeño motel de la ciudad desde entonces.
Ella había estado tratando desesperadamente de encontrar cualquier tipo de trabajo hasta que había visto el anuncio en el periódico para una cocinera y ama de llaves. Era perfecto.
Podía trabajar a tiempo completo y aun así estar con su hijo.
No le había dicho específicamente a su potencial jefe que tenía un hijo, pero si él la contrataba, después no podía despedirla a causa de su hijo.
Eso sería discriminación.
Paula miró nerviosamente por encima de la cabina hacia donde su hijo estaba sentado. Lo había sobornado con un enorme helado y las promesas de una película próximamente si se sentaba en silencio mientras ella tenía la entrevista.
Por suerte para ella, la camarera le había dado un libro para
colorear y lápices de colores para que Paula pudiera contar con que él estaría ocupado durante horas. Le encantaba cómo su hijo era tan artístico. Él tenía un verdadero don con el dibujo, la maravillaba con frecuencia.
El timbre de la puerta atrajo su atención lejos de su hijo.
Había un hombre muy alto y viejo caminando a través de la entrada, con brillantes ojos azules y lo que parecía una sonrisa permanente en su cara.
—Buenas tardes, Horacio —dijo la camarera al caballero.
El estómago de Paula se apretó con nerviosismo. Éste era el hombre con el que se suponía debía reunirse. Miró a su hijo, asegurándose de que estaba ocupado, luego se levantó y se acercó a Horacio.
Él la vio y sonrió.
—Usted debe ser Paula —dijo con la voz más resonante que jamás había escuchado.
Ella asintió con la cabeza y luego tomó la mano que le ofrecía.
— ¿Ya pidió algo para comer? —preguntó.
—No.
—Bueno, vamos a pedir el desayuno. Podemos charlar mientras esperamos por nuestra comida. Molly hace las mejores tortillas de todo el Estado —dijo, mientras la camarera se acercaba.
—¿Puedo pedir un poco de huevos, mamá?
Paula estuvo paralizada por un momento. No había querido que su futuro empleador supiera sobre su hijo hasta que tuviera el trabajo, pero ella pensó que era inevitable.
—No sabía que tenía un hijo —dijo Horacio con el mismo brillo en los ojos.
—Se lo iba a decir hoy —dijo ella con aire de culpabilidad.
—Por supuesto, puedes pedir huevos. Veo tus cosas para colorear allá. ¿Por qué no tomas tus cosas y luego vienes a sentarte aquí con nosotros? —dijo Horacio. Paula podría decir que él era un hombre acostumbrado a tener el control.
Ella suspiró para sus adentros y se dejó llevar por la corriente.
Horacio terminó pidiendo por todos ellos. Paula comenzó a pensar en el total de la factura en su cabeza, esperando conseguir el trabajo, ya que el desayuno iba a ocupar la mayor parte de su dinero en efectivo.
—¿Cuál es tu nombre, chico? —preguntó Horacio amablemente.
—Mi nombre es Diego. Tengo cinco años de edad —afirmó con orgullo.
—Cinco es una edad muy avanzada —dijo Horacio. Diego le sonrió y Paula podía ver un poco de adoración de héroe en ella.
Horacio volvió su atención de nuevo a Paula.
—Sólo hablamos brevemente por teléfono, así que déjenme contarle un poco acerca del empleo.
—Eso sería grandioso —dijo Paula. Realmente no le importaba lo que el empleo implicara. Ella fregaría retretes o limpiaría los establos si le daba a su hijo cierta estabilidad.
—El puesto es para un ama de llaves y cocinera, aunque más de cocinera. Hay un servicio de limpieza que viene en forma regular. El lugar es bastante grande y, francamente, demasiado grande para que una sola persona lo maneje. ¿Cocina bien? —preguntó.
—Sí, señor Alfonso. No me gusta presumir, pero tengo una pasión por la cocina y me encanta probar nuevas recetas. Puedo hacer cualquier cosa y puedo cocinar para uno, o para cien —dijo con entusiasmo. A ella realmente le encantaba el arte de cocinar una comida complicada. Había pasado demasiado tiempo desde que había cocinado una comida en una cocina agradable. El estar en fuga no era agradable para Diego o ella.
—El empleo ofrece alojamiento y comida, así como un cheque de pago semanal. ¿Está dispuesta a cambiar de residencia? —preguntó y luego miró a su hijo.
—Nos encanta esta área muchísimo y he tenido esperanza de encontrar un trabajo para poder quedarme aquí. Diego es un niño muy grande y usted no sería capaz de darse cuenta de que está alrededor —le prometió.
Horacio se echó a reír en voz alta.
—Tengo tres hijos y un rancho sería un gran lugar para un niño. Si nadie sabe que está alrededor, entonces ese es el momento para preocuparse por lo que se trae entre manos —dijo.
Paula no sabía cómo responder a su declaración. No estaba segura si estaba diciendo que su hijo iba a ser bienvenido o no. Ella permaneció en silencio y esperó que al hombre le gustaran los niños.
—Diego, ¿te gustan los animales? —preguntó Horacio.
Diego ladeó la cabeza, como lo hacía cuando estaba pensando profundamente acerca de algo.
—Realmente quiero un perrito —dijo finalmente.
—Bueno, por supuesto que sí, todos los niños deberían tener un montón de cachorros —dijo Horacio. Hablaba como si se tratara de una cuestión de vida o muerte.
Paula estaba segura de que habría algunos perros corriendo por el rancho. Su hijo estaría en el cielo. Siguieron charlando mientras comían el desayuno. Paula se sorprendió de lo bien que estaba la comida. Ella era un poco crítica respecto a la comida y la tortilla era suave y esponjosa y las verduras estaban cocinadas a la perfección. Tendría que dar las gracias a la cocinera antes de salir.
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